12 jul. 2018

Los secretos de mi niñez, ahora revelados. - Parte I




Hablo muy poco de mi niñez, quizás porque no me guste volver allí por razones más que obvias. Mi infancia ha sido terrible... Terrible.

Pero no vine hablar de eso, en detalle.

Vine a hablar de lo que nunca he hablado con nadie. Ni con los miles de psiquiatras que me acompañaron toda la vida.

Cuando yo era muy niña, entre los dos y siete años, yo tenía visiones extrañas. Pero no podía hablar de ellas, porque desde pronto he comprendido que mis padres eran muy intolerantes con todo y más valía callarse de estos temas. Dicho sea de paso que, tengo memoria desde muy temprana edad. Soy capaz de acordarme de cosas que han ocurrido desde bebé.

Pienso que veía otras dimensiones paralelas. No sé... Una de estas visiones, fue que al mirar en el hueco de una escalera, de arriba hacia abajo, he visto un portal hacia no sé qué... Estaba rodeado de nubes estáticas y en el centro había algo que hoy puedo interpretar como el vacío o la ausencia de tiempo. Desde allí dentro sonaba un lamento indescriptible parecido al aullido de un lobo pero mucho más agudo.

Seres extraños venían a visitarme en sueños y despierta. En casa de mi madrina, con dos años de edad, he soñado con bosque en penumbra, donde de los árboles colgaban frutos plateados brillantes. Yo no podía alcanzarlos. Pero vino una sombra en forma humana, y cogió un fruto y me lo dio. El fruto tenía un sabor como de las golosinas de Malvavisco y a pesar de tener un aspecto exterior frío y duro, era un fruto muy bello.

Si de sueños vamos hablar, a los cinco años, mis padres, muy nómadas por aquel entonces, vivían en un cuarto de una villa trasera al bar que regentaban. Yo quedaba allí sola, casi todo el día sin poder moverme mucho, pues mi madre no me dejaba relacionarme con otros niños, ni salir en el patio de la villa salvo si fuera con ella. En este lugar, un día tuve un sueño con un ente encapuchado, vestido como un fraile, pero no veía su rostro. Aunque mirase muy dentro de su capucha, sólo veía oscuridad, pero su voz sonaba claramente. El me puso en su regazo, y abrazándome me dicho que debería prepararme para lo peor, pues muy malos tiempos vendrían y mira que, a pesar de mi corta edad, tenía suficiente uso de razón (en el sueño) para comprender perfectamente todo lo que me decía. Sin embargo, a pesar de las malas noticias, del trágico que me anunciaba, yo me sentía tan segura en sus rodillas, sentía un cosquilleo intenso en el estómago, como si fuera a explotar de alegría, como si estuviese sentada en el regazo del mismísimo Dios, que quizás se había manifestado en esta forma, con atuendos folclóricos de la muerte, para permitirme familiarizarme con mi futuro, como se tratase un ritual previo a un sacrificio. El ente olía tan bien, era tan delicado y amable, tenía la voz tan profunda, tan reconfortante que no tengo palabras para describir esta presencia onírica de forma racional. Nunca más, en vida, he sentido un olor parecido ni una emoción de tal calibre. Me acordé de este sueño cuando los hechos se produjeron y tinieblas se han derramado sobre mi infancia y nunca más me olvidé del visitante. De hecho, estoy segura que este ente nunca me dejado de acompañar, aunque hasta el día de hoy, no he recibido más su visita en sueños. Pero no pierdo la esperanza de volver a verle y hablarle.

Poco tiempo antes que mi padrastro empezara abusar de mí, yo recuerdo que, en una ocasión extraordinaria por causa de una vista de mi tía que tenía problemas, mis padres me pusieron a dormir en una colchoneta al lado de su cama. Mi madre estaba embarazada de mi hermana en esta época. Entonces, me desperté en la madrugada, con un fuerte zumbido en los oídos y miré en dirección al pie de la cama de mis padres. Entonces vi a mi padrastro de pie, pero no era él, sino su cuerpo astral, su doble, mirándome con los ojos desorbitados, como si aterrado, por yo haberle sorprendido fuera del cuerpo quizás. Me senté y sacudí fuerte la cabeza para comprobar que no estaba soñando, pues mi padrastro y mi madre dormían plácidamente a mi izquierda, aunque la aparición de su doble seguía allí mirándome con aquella expresión de horror y tristeza. Hasta entonces no sentía miedo, ni nada parecido. Estaba curiosa. De pronto, al intentar levantarme, floté y me he dado cuenta que yo misma estaba fuera de mi cuerpo, pues al elevarme en el aire, me desconcerté, miré atrás y me he visto durmiendo. Con el susto de verme inmaterial, me sentí caer desde muy alto y de no sé desde donde, para despertar de verdad con un sólo grito, desvelando también toda la casa. Lo que puedo decir de esta experiencia, es que ha sido más real que la vida misma.

A pesar de todas las tragedias, yo tenía una amiga imaginaria que se llamaba"Pensativa". Ella me ayudaba a sobrellevar mi destino, me daba consejos de como soportar aquella situación, bajo el gobierno de una madre que descargaba toda su ira sobre mí, me pegaba por cualquier cosa, hiciera bien o mal, o incluso nada, y un padrastro pedófilo. Era una vida bajo tensión constante. Pero al mismo tiempo que yo le tenía a ella como apoyo, como alivio, yo tenía también otro ser imaginario que estaba en constante conflicto con Pensativa. él no tenía nombre, sólo tenía dolor y más dolor y mucha rabia. Muchísima rabia... Según él yo debía acabar con mi vida. Casi lo logró... Y aunque, Pensativa y El, han desaparecido, sus ecos han quedado.

Yo tenía miedo a mis fotos. Mi madre encargó un póster con la foto arriba, y yo no podía quedarme a solas con mi propia imagen. Me tenía verdaderamente miedo, como si yo fuera otra persona. La foto me inspiraba hostilidad. No me gustaba esta mirada, no me gustaba este ritus sardónico, visto que al hacer esta foto, me obligaron a sonreír y quedarme en una postura incómoda. Dicho sea de paso, que esta foto fue sacada luego después de que mi madre me había recuperado de la tutela de mi madrina, que creía que mi madre no tenía responsabilidad para criarme. Entonces mi madrina cometió un gravísimo error: Ha decretado que sólo me devolvería cuando mi madre tuviese una pareja, llevando a la mujer de 21 años a ser incauta en sus relaciones, visto que ha elegido el hombre más hijo de puta del mercado cuyo ha destruido mi infancia y adolescencia, por no decir la vida entera, quedando impune hasta su muerte, considerado como una víctima de mis "mentiras" por la familia y por mi madre misma. En fin...

A pesar de todo esto, yo tenía mucho amor en mí. Y sigo teniendo, pero no sé a quien dar amor, intento en todo caso dar amor a mi misma, pues la gente que conozco en mi camino no quiere amor, quiere sumisión, esclavitud, codependencia, cubrir sus necesidades egocéntricas, económicas y emocionales sin dar nada a cambio, siquiera respeto...  Y no digo amor de pareja, sino que esto se repite en cualquier tipo de relación. No logro atraer alguien que tenga verdadero amor que dar, enseñar o quiera recibir.

Recuerdo que a los ocho años, un día he visto una luciérnaga moribunda, cosa rara en medio de la gran São Paulo... La he cogido con mucho cuidado, le he hablado "¡Aguanta, aguanta! ¡No te mueras, te vas a poner bien!" Y la luciérnaga parpadeaba su luz y movía dificultosamente sus alas intentando volar... La dejé sobre el jardín de mi madre, encima de una flor, y le dije que Dios la iba a curar, que iba a volar de nuevo. Le puse una gota de agua al lado por si tenía sed y me fue a la cama, pensando, implorando a Dios que la salvara, como la luciérnaga fuese parte de mi, y lo era en en cierto modo. Pero en el día siguiente, estaba muerta. Entonces, le di sepultura en el jardín de esta casa donde todo lo malo ha empezado, donde hoy, hay un edifico de lujo en su lugar...

Continuará...

Andrea Cristo




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